Los Ángeles, capital del arte del siglo XXI

March 18, 2006

Esta gran exposición (1) está llamada a ser un jalón importante de una historia por escribir, cuando llegue la hora de intentar comprender la emergencia de Los Ángeles, la gran metrópoli universal de la California del Sur, como “ciudad mundo”, capital artística universal, a caballo entre las artes del siglo XX y las artes del siglo XXI.

 

Tan gigantesca aventura es indisociable de tres procesos parcialmente ausentes de esta exposición: el nacimiento de Hollywood como “meca” y capital del arte por antonomasia del siglo XX; la sucesión de olas migratorias artísticas e intelectuales europeas y americanas; y la posición geográfica de California (San Francisco y Los Ángeles) como “bisagra” entre el Este (civilizaciones asiáticas) y el Oeste (civilizaciones occidentales). El arte genuinamente californiano, si es que realmente existe, nace de tales mestizajes.

 

La historia del cine, en Hollywood, es incomprensible sin las aportaciones capitales de los grandes maestros europeos. Recordemos a Erich von Strommheim, Lubitch, Hitcotch, o Billy Wilder. Como tierra de paso, California, en general, y Los Ángeles, en particular, acogieron durante largas temporadas a personajes tan diversos como Thomas Mann, Adorno, Brecht, Luís Buñuel, Octavio Paz y un interminable etcétera. Como tierra de acogida, por California llegaron a los EE.UU. y a Europa no pocos orientalismos y “contra culturas”; sin olvidar las aportaciones mexicanas.

 

Esa es la inmensa tierra de cultivo donde, a partir de la Segunda guerra mundial del siglo pasado, Los Ángeles comienza a ser fecundada por las semillas artísticas que culminarían con el arte motivo de esta exposición: las escuelas artísticas que son su motivo central, que reúne 350 obras de 85 artistas, genuinamente norteamericanos, la gran mayoría de ellos, como Ed Ruscha o Bill Viola, indisociable de los emigrantes que hicieron su vida en California, hace décadas, como David Hockney, cuyas piscinas siguen siendo arquetipos de una cierta leyenda dorada.

 

El grueso de la exposición, sin embargo, como no podía ser de otro modo, está consagrada a disciplinas, obras, proyectos, personalidades, perfectamente “locales” (californianas), muy alejadas de la “sofisticación” europea de Nueva York y toda la Costa Este, y en los antípodas del “buen gusto” y las tradiciones intelectuales de la vieja Europa. Se trata de una muestra perfectamente “salvaje”, brutal, iconoclasta y devastadora de todos los cánones oficiales del último medio siglo.

 

¿El concepto de “vanguardia”? Un cadáver ni siquiera exquisito. No pocos de los grandes artistas californianos se han formado en la escuela pública de la foto y el vídeo porno (Yonemoto). ¿Las viejas escuelas difuntas (expresionismo abstracto, minimalismo, conceptualismo, etc, etc, etc.)? Puras vaciedades conceptuales: todos los artistas californianos se han formado en las estéticas de la publicidad, la caligrafía fluorescente, la novela negra (Chandler, Jim Thomson, etc.). ¿El mercado artístico? Algo tan obsceno, pornográfico, negro, perverso y envilecido como una historia de gangsters, a quienes algunos artistas locales (pienso en John Baldessari) tratan a punta de pistola: el comprador y el vendedor forman parte de una banda de mafiosos, disputándose los despojos de un comercio nefando.

 

Incluso cuando los maestros californianos se sirven de las tradiciones o proposiciones que no sé si llamar “artísticas” de sus colegas europeos o neoyorquinos, las tratan con un estilo tan artístico, burlón, brutal, obsceno, que choca con los “buenos modales” europeos. La “performance” (Chris Burden) pierde toda dimensión “metafísica”, “pedagógica” o “espiritual”, para precipitar acciones neo dadaístas de rara brutalidad: una crucifixión sobre un viejo Volkswagen desfondado. El vídeo oscila entre las exploraciones metafísicas de altos vuelos de Bill Viola y lo horrible, el absurdo, lo cómico y la obscenidad de Bruce y Norman Yonemoto. ¿Las más nobles aspiraciones museísticas? El más “convencional” de los pop californianos (Ed  Ruscha) imagina un fáustico incendio del Museo del Condado de Los Ángeles, eco nada lejano del “Burn, baby, burn” (“Arde, baby, arde”) de la crisis de Watts, el verano de 1965.

 

La tentación nihilista del gran incendio purificador viene de muy lejos, en el caso de Los Ángeles. Una de las grandes novelas emblemáticas sobre la ciudad, “The Day of the Locust”, de Nathanael West, el maestro de “Miss Lonelyhearts”, gran admirador parisino de Juan Gris, cuenta la historia trágica y grotesca, precisamente, de una inmensa jornada loca, frenética, de una multitud desbocada, perdida, una noche de gran estreno cinematográfico. El “¡Más madera, más madera..!” de Groucho Marx tiene la misma filiación libertaria: la salvación llega con un gigantesco incendio destructor / purificador.

 

En el terreno estrictamente artístico, de los creadores que trabajaron en Los Ángeles, entre 1955 y 1985 (etapa que incluye acontecimientos históricos tan determinantes como la guerra del Vietnam, en plena Guerra fría y equilibrio del Terro) todavía es pronto para hacer ningún balance, ni siquiera provisional. Apenas estamos comenzando a calibrar como la ciudad californiana fue para ellos un catalizador decisivo. Datan de hace pocos años los primeros estudios de la influencia del Gran arte pictórico europeo en la obra fílmica de Hitchcock. Las distintas escuelas pop han sido mil veces estudiadas. Pero todavía está mal explorada una paradoja llamativa: la gran metrópoli “subversiva” también es la patria íntima de grandes maestros figurativos, como David Hockney. Ruscha afirma tener un inmenso respeto por los maestros del Cuatrocientos italianos. Para mejor subrayar que su “iconografía” íntima son las gasolineras y las puestas de sol, en algún lugar entre New Mexico y California del Sur.

 

Esta exposición es un inmenso “teatro de operaciones”, una gigantesca “obra en construcción”. Muy al contrario de lo que pudiera pensarse que ocurre en Nueva York o la vieja Europa, California no aspira a tener la “verdad” sobre el “verdadero” y “genuino” camino sobre el arte por venir. Todo se compra, todo se vende, todo es motivo de risa, denuncia y abyección. La obra de arte es un proceso en marcha. Muchas fotografías célebres de David Cooper, homenajes sin tacha a la tradición heroica del cine negro, son homenajes a tal aventura: el objetivo capta el volante y el retrovisor de un automóvil que no sabemos si huye o está perseguido por algo o por alguien a todas luces amenazante. El artista capta el instante de esa agonía fatal, que también es un tema cinematográfico y californiano, inmortalizado por Sam Peckinpah y John Huston.

 

Esa huida, esa renuncia voluntaria a la “verdad” del artista demiurgo, quizá se extravía con una frecuencia pavorosa. Pero también tiene una ventaja admirable: permite la cohabitación entre las disciplinas camino de la tumba (el Gran arte de la pintura al óleo) y las disciplinas que no se si agonizan antes siquiera de llegar a nacer, productos y víctimas efímeras de la gigantesca eclosión urbana de una ciudad mundo, Los Ángeles, cuyo puesto oscilará, mañana, entre el París, capital del siglo XIX, de Walter Benjamín, y el Nueva York, capital de la segunda mitad del siglo XX, ya convertida en una ciudad bizantina, a la manera de las viejas y decrépitas capitales de la vieja Europa, fascinada por su propio ocaso sin rumbo propio.

 

 

 



 

 

Los Ángeles, 1955-1985. Naissance d’une capitale artistique.

Centro Pompidou

París.

Del 8 de marzo al 17 junio 2006

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