Chirac, aventuras, asesinatos, traiciones, gula, familia, sexo, Claudia Cardinale..

March 24, 2006

[Escrito el 18/12/2003 11:50:35]

A los 71 años [en 2003], Jacques Chirac ha entrado definitivamente en el panteón de los héroes y villanos nacionales. Tiene la forma física de un hombre diez años más joven. Su legendario apetito permanece casi intacto. El fin de sus numerosas aventuras femeninas lo ha reconciliado con su esposa, azuzando su intacta sed de poder. Ha pisado por encima del cadáver de todos sus enemigos, y está dispuesto a ejecutar al arma blanca a cualquier disidente…

 

… Ha defendido y traicionado sin escrúpulos todas las causas políticas imaginarias y reales. La anorexia mental de su hija mayor humanizó su piel de saurio despiadado. La instrucción judicial de sus escándalos municipales lo espera a la vuelta de su fin de reino.

Chirac pertenece a una especie política en vía de extinción. Entró en política hace más de cuarenta años, a paso de carga, y no ha dejado de cabalgar, desde entonces, participando en una relación interminable de batallas perdidas y ganadas con ferocidad, lanza en ristre, manejando la espada con mucho brío en épicos duelos, sirviéndose del puñal traicionero o el veneno para liquidar a muchos adversarios, al frente de una tropa indisciplinada a la que siempre ha impuesto normas cuartelarias para preservar sus posiciones municipales, ministeriales, gubernamentales, presidenciales, con una ferocidad de señor feudal cuya obsesión zoológica es conquistar, defender y preservar el poder supremo, a mayor gloria de sí mismo.

Chirac entró en un gobierno de Georges Pompidou en 1962. No ha abandonado desde entonces los palacios de la República. A un ritmo vertiginoso, durante cuarenta años, sin cesar ni un solo semestre, ha sido consejero municipal, diputado, consejero general, secretario de Estado, ministro del interior, de agricultura, del desarrollo, primer ministro y jefe de gobierno (en tres ocasiones), fundador de dos o tres partidos de cambiante ideología, candidato desafortunado a la jefatura del Estado en tres ocasiones, hasta ser elegido y reelegido presidente en 1995 y 2002.

Esa inconclusa carrera política, solo comparable en el siglo XX a la de François Mitterrand, se pierde en un laberíntico torbellino de ideas cambiantes. Estudiante de ciencias políticas, Chirac llegó a vender por las calles el diario comunista L’Humanité, antes de marcharse una temporada a los EE.UU. donde se buscó una novia, descubrió las hamburguesas y se convirtió a la religión laica del general de Gaulle. El gaullismo puro y duro de su entrada en la vida marcial de la política, junto a Pompidou, tomó pronto el rumbo de una interminable serie de metamorfosis. Sin inmutarse, jamás, Chirac defiende hoy lo que denunciaba ayer, sin que el mismo parezca saber cual pudiera ser su credo de mañana.

Cuando el PCF era la primera fuerza de la izquierda francesa, Chirac proponía construir “el laborismo a la francesa”. Pocos años más tarde, descubriría con fervor la revolución conservadora de Ronald Reagan y Margaret Teatcher, pronto abandonada para descubrir las virtudes del “servicio público a la francesa”. Pompidou decía de su joven escribano de discursos que era una “apisonadora”, asombrado por su fabulosa capacidad de trabajo. Jean-Marie Colombani, director de Le Monde, uno de sus adversarios más antiguos y encarnizados, resume la versatilidad política de Chirac diciendo que “es incierto, inconstante, inestable”. Amigos y enemigos le atribuyen una frase que bien resume una concepción populista de la conquista y el ejercicio del poder: “Las promesas solo comprometen a quien se las cree”.

Hubo un tiempo, hacia el final de los años 70 del siglo pasado, en el que nadie dudaba que Chirac conocía por su nombre a todas las vacas de Francia. Al frente del ministerio de agricultura, en varias ocasiones, Chirac ha recorrido todos los campos de su patria a pié, en tractor, en coche, en avión, acompañado de campesinos, burócratas, señoras de buen ver, políticos, gobernantes y diplomáticos. Nadie como él, en Francia y en Europa, conoce el funcionamiento de la Política Agraria Común (PAC) y los miles de millones de euros con los que se ha subvencionado a la primera economía agrícola de Francia. Chirac conoce como nadie la importancia del voto agrícola y los hábitos culinarios, culturales, morales y recreativos de sus compatriotas. Abandonados forzosamente los fabulosos trigales de isla de Francia, los viñedos del bordelés o los embutidos de la Correze, para instalarse en los palacios gubernamentales, Chirac guarda de esa época dorada de su antigua condición de húsar ministerial el gusto por el toma y daca de las ferias y mercados. “Te doy subvenciones, tú me das votos”.

En términos prácticos, esa concepción del oficio de político está en las fuentes bautismales de toda la carrera chiraquiana, que tiene otra dimensión mucho más feroz y despiadada: es imprescindible eliminar de manera expeditiva a quien se cruce en su camino.

Un consejero personal de Lionel Jospin se cruzó a Eduard Balladur, antiguo primer ministro, en los urinarios de la Asamblea Nacional, haciendo esta confesión, mientras se abotonaba la bragueta: “Chirac asesinó a Chaban, asesinó a Giscard, asesinó a Barre, y me liquidado a mi. Espero que no dejareis que vuelva a ser reelegido”. Nadie ha resumido de manera más implacable la larga marcha chirquiana hacia el Elíseo. En 1974 traiciona por la espalda a Jacques Chaban-Delmas, un viejo compañero de armas del general de Gaulle, para aliarse con Valery Giscard d’Estaing, que paga su felonía nombrándolo primer ministro. Dos años más tarde, Chirac abandona a Giscard, afirmando que el jefe del Estado estaba arruinando la soberanía nacional. En 1981, traiciona a Giscard, favoreciendo con sus votos la elección de François Mitterrand. Siete años más tarde, traiciona a Raymond Barre, candidato conservador, para favorecer la reelección del presidente socialista. En 1985, es su viejo “amigo de treinta años”, Eduard Balladur, quien le clava una cruz en la cerviz; pero Chirac consigue recobrarse y liquidar para siempre la carrera política de su viejo hermano-enemigo.

Esa relación de asesinatos políticos, en la cúspide del poder de Estado, solo son un reflejo palidísimo de las intrigas, traiciones, batallas, puñaladas y envenenamientos en los que Chirac participó personalmente, antes y después de conquistar el Elíseo al frente de su guardia pretoriana, en 1995.

En otro plano, las relaciones de amor-odio, traición, asesinato, resurrección y conflicto de gladiadores entre Chirac y personajes como Charles Pasqua y Nicolas Sarkozy, podrían ser el argumento de una larga serie de novelas de terror político. Pasqua, por ejemplo, comenzó organizando grupos paramilitares al servicio del general de Gaulle, cumpliendo oscurísimas tareas de guerra sucia implacable. Esa experiencia le fue muy útil cuando él negocio personalmente con José Barrionuevo la desaparición del GAL.

Nombrado ministro del interior por Chirac, Pasqua estuvo al frente de la guardia personal del jefe del Estado. Hasta que se dejó llevar por las intrigas de un grupo de traidores, entre los que se encontraba Nicolas Sarkozy. El duo Pasqua-Sarkozy puso todo su talento al servicio de Balladur, con el fin de eliminar políticamente a Chirac. Evitada con mucho brío aquella trampa mortal, Chirac decapitó al viejo Pasqua e instaló al “pequeño” Sarkozy a su lado, para intentar controlarlo, aunque ha vuelto a estallar una larga batalla de samuráis budistas entre ambos personajes de capa y espada. 

Nadie duda que el secreto último de Chirac, la “poción mágica” que le ha permitido sobrevivir a tantas traiciones y batallas en campo abierto es su formidable resistencia física, indisociable de una gula voraz y una pasión jamás desmentida por las mujeres.

Es bien sabido que el plato favorito de Chirac es la cabeza de ternera. Pero le encantan los callos a la manera de Caen, es un gran bebedor de cerveza, pide con frecuencia dos platos de entremeses, y puede llegar a un consejo europeo con dos o tres “bretzeles” escondidos en su carpeta de cuero, para salir al paso en un instante de desfallecimiento. Mientras Giscard tenía un sentido muy “antiguo régimen” de la etiqueta presidencial, y Mitterrand parecía inspirarse en los modales del Vaticano, Chirac es un jefe de Estado que parece mucho más feliz de francachela en un banquete republicano, en una alcaldía de provincias, que en un banquete oficial rodeado de finústicos intelectuales. Son legendarias sus meteduras de pata y sus salidas obscenas, como aquella disputa con Margaret Teatcher, concluida con una exclamación de estupor: “¡Esta señora se cree que es ella quien tiene los cojones…!”.

La ligereza populista, brutal, y coloquial de Chirac forma parte de sus encantos reconocidos. Y debió serle muy útil durante los años de su larga carrera de mujeriego empedernido. La primera novia de Chirac fue una jovencita americana de menos de veinte años, de la que todavía se acordaba a los 69 años, durante su viaje a Nueva York tras el 11-S. Su matrimonio temprano con Bernardette, en 1956, puso fin provisional a un rosario de escarceos estudiantiles. Bernardette Cordón de Courcel era un buen partido, con una brizna de aristocracia de la tierra que faltaba en currículo de un joven ambicioso, hijo de un administrador de sociedades. Ella puso los títulos y un castillo en provincias. Él llevaba en su mochila los penates de una gloria todavía incierta. El matrimonio tuvo dos hijas. La mayor, Laurence, anoréxica mental, fue la gran tragedia familiar, llevada hasta el fin con un pudor ejemplar. La menor, Claude, es un pálido retrato femenino de su padre, a quien sirve como consejera áulica en materia de comunicación.

Echadas las semillas de un hogar, una familia, Chirac se dejó arrastrar en incontables ocasiones por las tentaciones de la carne. Con mucho pudor, mucho tacto y la sonrisa de la victoria final, Bernadette ha resumido largos años de sufrimiento de este modo: “Tuve que luchar mucho para defender mi matrimonio. Mi marido fue y continúa siendo un hombre muy atractivo. Hubo momentos en que nuestro matrimonio estuvo en peligro. Pero, al final, fui yo quien terminó ganando, para asentar definitivamente nuestro matrimonio”.

Sobre las mujeres ocultas en la vida de Chirac se han contado muchas historias. Llegó a decirse que había sostenido una relación larga y profunda con Claudia Cardinale. Ha llegado a escribirse que tuvo un hijo con una joven japonesa, consecuencia de la fascinación presidencial por el budismo y el gran arte oriental. Françoise Giroud contaba largas historias sobre las aventuras de cama y espada del joven y ya maduro Chirac. Pasados los setenta años, las tentaciones de la carne quizá ya no sean lo que fueron. Y el matrimonio Chirac está definitivamente reconciliado en el ejercicio soberano del poder, que ninguno de los esposos concibe abandonar. “¿Se imaginan ustedes inactivo a mi marido?”, pregunta, sonriente Bernadette a los periodistas políticas que la preguntan por una posible candidatura de su marido a la reelección, dentro de tres años, ya cumplidos los 74.

Con la edad, el antiguo húsar que entraba a paso de carga en los palacios de la República no ha envainado el sable del antiguo oficial de caballería. Y el olfato de la carne fresca, en un campo de batalla electoral, afila de manera vertiginosa sus colmillos, intactos. Es cierto, sin embargo, que el penúltimo Chirac deja al descubierto el calor de una humanidad que nunca estuvo ausente en su trato coloquial. Hay quienes dicen que la tragedia de su hija mayor ha sido la vía de un calvario callado e inconfesable. Es cierto que las grandes ambiciones personales tienen una dimensión moral y cívica ejemplar. Mitterrand dejó tras si la huella de interminables monumentos, concebidos a mayor gloria de sus mandatos presidenciales. Chirac aspira a culminar su carrera combatiendo contra el cáncer, contra la hecatombe de los muertos en carretera, a favor de un nuevo reconocimiento para los minusválidos.

Sin embargo, la carrera de Chirac está muy lejos del fin. Su segundo mandato presidencial termina el 2007. Y sus amigos ya especulan con una nueva campaña triunfal. No solo ellos aguardan expectantes el fin de su “reino” laico. Varios jueces esperan que Chirac abandone el Elíseo para poder inculparlo de los posibles delitos cometidos siendo alcalde de París, entre 1977 y 1995. Alcalde de la capital del Estado, durante dieciocho años, Chirac está en el centro de una tupidísima tela de araña de escándalos político financieros, por instruir y procesar. La Constitución de la V República concede al presidente una cierta inmunidad jurídica. Giscard ha confesado, en público, que espera que su viejo hermano-enemigo termine su carrera caído bajo el granizo asesino de los escándalos. Pero Chirac ha salido victorioso de batallas mucho más angustiosas y ensangrentadas. Y conserva intacto su olfato de gran fiera solitaria y temible. Todavía quedan cuatro largos años. Una eternidad.

[ .. ]

El Courrier International retomó en su día esa crónica. Sin avisarme. Y cortando varias frases significativas, como los amoríos presumidos o reales entre Chirac y Claudia Cardinale.

A finales de marzo del 2006, tan apresurada biografía se ha enriquecido en numerosos lances asesinos, cuando el héroe de capa y espada camina solitario hacia el ocaso.

3 Responses to “Chirac, aventuras, asesinatos, traiciones, gula, familia, sexo, Claudia Cardinale..”


  1. […] Si yo fuese JLR Zapatero, desconfiaría de los consejeros en comunicación que se obstinasen en fotografiarme junto a Jacques Chirac; sobre quien llueve el granizo cruel de un ocaso atroz: “.. aventuras, asesinatos, traiciones, gula, familia, sexo, Claudia Cardinale..” […]


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