Teología y guerra revolucionaria

March 25, 2006

[Editado originalmente el 04.02.06]

La persecución, castigo y eventual ejecución -al arma blanca- de libertinos, agnósticos, blasfemos o herejes no es nueva en la historia política de la teología musulmana. Solo recordaré a la secta ismailí de los Asesinos -el antecedente último de Hamás [1], [2], [3]-, en el Oriente medio de los siglos VIII al XIII; o las penosas tribulaciones de Ibn Quzman, el más alto de los maestros del zéjel andaluz, o Ibn Hazm de Córdoba, autor de “El collar de la paloma”, uno de los más grandes tratados del amor de todos los tiempos.

Y las gracias conseguidas a través del asesinato o la matanza de infieles son bien conocidas. Influenciado, en cierta medida, por la teología musulmana, justamente, nuestro Jorge Manrique, el más grave de los poetas del Gran estilo noble, estaba convencido que su padre ganaría el cielo, tras haber derramado tanta sangre infiel. Por su parte, los ayatolas iraníes enviaban a millares de niños a morir a los desiertos de las fronteras irakíes -exterminados con eficaces Super Étendard franceses-, convencidos que irían al Paraíso, tras dejar su sangre en el desierto.

Pertrechado con tales fundamentos doctrinales, el ayatola Jomeini fue una suerte de Napoleón revolucionario islámico. De su toma del poder en Teherán (1979) data la conversión definitiva del Terror en instrumento de guerra revolucionaria. La novedad relativa de la imprevisible batalla de las caricaturas de Mahoma no es tanto el “fanatismo” -palmario- de “la calle árabe” -tradicionalmente manipulada-, como su posible utilización interesada desde los tortuosos pasillos del poder, en las grandes capitales musulmanas.

No existe una “opinión pública” árabe. La opinión pública es el fruto último de la escuela, la educación, la circulación de las ideas, la lectura de periódicos y libros. En los países árabes, el analfabetismo hace estragos, los medios de comunicación están en manos de oligarcas, la educación es un privilegio absoluto, no existen redes de distribución de libros, que -por otra parte- apenas pueden publicarse, víctimas de la incultura y las más férreas censuras.

Es harto posible que la piedad popular musulmana pida la persecución y condena de los blasfemos occidentales que se mofan de las creencias íntimas. Pero esa piedad también está al servicio, si no está siendo manipulada, de unas bandas de asesinos y Estados que pretenden perpetuar la pobreza y la ignorancia de sus súbditos, víctimas de unas elites corrompidas que dilapidan sus riquezas en los palacios, joyerías, prostíbulos y mercados de armas de Occidente, indiferente o estoico ante la miseria secular de la “calle” árabe.

Una temporada en el infierno. Mahoma, Tiranía de la incultura y Alianza de civilizaciones

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