Bénichou y sus monumentos indispensables para comprender las literaturas francesas y europeas contemporáneas

May 8, 2006

[04.11.10] Paul Bénichou (1908-2001) quizá fue el más grande de los historiadores y críticos de la literatura francesa del siglo XX, víctima, en su patria, de la muerte ambulante que en nuestro tiempo encarnan las modas (existencialistas, estructuralistas, de/construccionistas, etc), propagando la desertificación de las conciencias con la eficaz ayuda de un cierto mercantilismo saturnal.

La reedición de sus libros más célebres (1) quizá debiera permitir el rescate siempre indispensable de una obra monumental, indisociable, paradójicamente, de algunos capítulos mal explorados de la historia de las literaturas españolas; en la medida en que Bénichou también fue un especialista emérito en el Romancero, cuyos primeros trabajos fueron traducidos muy pronto por Dámaso Alonso, ocupándose él mismo de traducir al francés a Borges y compartiendo habitaciones en Cambridge, Massachussets, durante muchos años, con Marie José y Octavio Paz.

 

Nació en Tlemcem, Argelia. Su padre, Samuel Bénichou, era comerciante. Su madre, Rachel Sarfati, descendía de una familia sefardita española. Esa filiación tuvo una importancia capital en su formación: durante varias décadas, Paul Bénichou consagró muchos estudios y trabajos de campo, por tierras de Castilla, a la reconstrucción del Romancero judío. Al mismo tiempo, tales antecedentes marcaron profundamente su destino. El régimen de Vichy lo privó de nacionalidad, lo alejó de la enseñanza, condenándolo a un ominoso destierro. Tras la Liberación, recobrada su cátedra y derechos civiles, prefirió emigrar a Buenos Aires, donde trabó amistad con Borges y el grupo Sur, que él, con Roger Caillois, contribuyó a traducir al francés.

 

Durante su primera etapa de profesor de instituto, en París y Beauvais, durante los años 30, Bénichou había comenzado a trabajar en su primera obra maestra, Morales du gran siècle, a la que puso punto final con un legendario epígrafe, el mes de agosto de 1940, ya hundida una Francia de otro tiempo que no volvería nunca.

 

En verdad, Bénichou tampoco volvería a integrarse nunca en el sistema educativo francés. Tras Buenos Aires, siguieron Harvard y Cambridge. Y el exilio americano coincidía con otra forma de destierro mucho más inquietantes: la guerra de escuelas literarias, la sucesión vertiginosa de modas “críticas”, lo alejó definitivamente de los púlpitos publicitarios, consagrados a la adoración envenenada de los petimetres de cada temporada, devorándose los unos a los otros en una inconclusa tarea de canibalismo verbal, que tan caro ha costado a la antigua claridad, gracia y finura de expresión de la prosa francesa, en la línea del Gran Estilo que va de Madame de Sevigné a Chateaubriand, Proust y Yourcenar.

 

Con la perspectiva inapelable del tiempo, las obras maestras de Paul Bénichou continúan creciendo de manera majestuosa. El Genet, el Baudelaire, el Flaubert o Les Mots de Sartre quizá sean grandes obras literarias; pero su arbitrariedad absoluta las priva del estatuto específico de la crítica canónica. Los textos memorables de Maurice Blanchot quizá funden una hermenéutica propia: pero no poseen la visión histórica que si tienen los ensayos de Bénichou sobre toda la magna revolución romántica. Con los años, la obra de Barthes o Starobinsky se agrieta por momentos, cuando los grandes libros de Bénichou no dejan de crecer como gigantescas reconstrucciones indispensables para entender la metamorfosis capital de la literatura, tras la Revolución de 1798, convertida en religión laica que confería un poder espiritual de nuevo cuño al escritor romántico.

 

Los cuatro grandes libros e Bénichou consagrados al Romanticismo, La consagración del escritor, El tiempo de los profetas, Los magos románticos y La escuela del desencanto, a los que sería indispensable añadir, para mejor entenderlo, su ensayo definitivo sobre Mallarmé, sus obras sobre el Romancero, Rousseau y la retórica clásica, son una summa sencillamente única, cuya mejor comparación posible, en lengua romance, quizá sean las conferencias de Octavio Paz sobre el romanticismo europeo. Textos capitales para entender el movimiento tectónico romántico.

 

Camino del destierro definitivo y la tumba, en Ginebra, la última noche de Borges en París la pasó en casa de Paul Bénichou, en la calle Notre-Dame-des-Champs, frente a los jardines del Luxemburgo, no lejos de donde Ramon Llull escribió su legendaria autobiografía, Paul y Gina Bénichou leían y cantaban a dos voces romances viejos, compilados años atrás, en Castilla. Borges, con los ojos en blanco, como en el retrato de Richard Avedon, miraba al techo y sonreía, comentado complacido esta o aquella metáfora. Ese fue su último contacto directo, carnal, con la tradición del Gran arte español: continuar descubriendo obras proscritas durante siglos, contemporáneas de su admirado Moisés de León, el autor de El Zohar, que, durante siglos, fue para los judíos un libro tan importante como la Biblia. Por su parte, Bénichou siguió trabajando. Y todavía publicaría dos obras maestras L’École du d´esenchantement (1992) y Selon Mallarmé (1995).

 

Con el paso del tiempo, la reedición en dos volúmenes del cuarteto original que integran sus Romantismes (I y II) viene acompañada de un apreciable aparato crítico, algunas entrevistas básicas, y es saludada con un respeto inmenso, que no ha dejado de crecer a una y otra orilla del Atlántico, en las Américas y Europa. Dámaso Alonso, Borges y Octavio Paz fueron los primeros introductores de Bénichou en castellano. La memoria de todos ellos se confunde ahora en una misma estela de patriarcas fundadores del libro y la crítica por venir.

 

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(1) Romantismes français (I y II). (Le sacre de l’écrivain, Le temps des prophètes, Les mages romantiques, L’École du désenchantement).

Ed. Gallimard. Coll. Quarto.

París, 2004. 991 y 2027 páginas. 24 y 24 euros

 

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