Godard, metafísica, ruina y resurrección del cine

May 28, 2006

A bout de souffle

JPBelmondo, À bout de souffle (1959/60)

¿Es Jean-Luc Godard director de cine? ¿Cuándo dejó Godard de “hacer cine”? ¿Puede el cine prescindir de la crítica radical de Godard? “Hacer cine”, “faire du cinema”, en francés, ¿no es algo semejante a una impostura, el “hacer teatro” de quien miente para dar de sí mismo una imagen engañosa e incompatible con la verdad..?

La primera gran retrospectiva integral de las 140 obras cinematográficas firmadas por Godard, acompañada de una instalación paródica y asesina sobre su propia producción, “Voyage(s) en utopie”, en el Centro de arte contemporáneo Georges Pompidou, permite al menos abrir el debate sobre tales cuestiones, que, más allá de la personalidad y la obra misma de Godard, quizá sean esenciales para intentar explorar inmensos terrenos estéticos, culturales, filosóficos y morales de la historia del cine y la fotografía.

De entrada, varias evidencias. Entre la producción fílmica y fotográfica de Godard, hay cuando menos ¿media docena? ¿una docena? de películas “propiamente dichas”. A bout de souffle (1959) sigue siendo la película fundacional de la Nouvelle Vague. Y obras como Vivre sa vie (1962), Le Mépris (1963), Bande à part (1964), Alphaville (1965), 2 ou 3 choses que je sais d’elle (1967), Week-end (1967), incluso Passion (1982), si se me apura, son todavía películas en el sentido convencional del término. Si se acepta, al menos, que una película no siempre responde al guión que teóricamente la precede y que no siempre llega a existir como tal, en el sentido convencional y literario del término.

A partir de King Lear (1987), si no mucho antes, la producción de Godard se transforma en otra cosa, apenas soportable por el espectador convencional. Quienes piensen que Prizzi’s honor, de John Huston, o Million Dollars Baby de Clint Eastwood, son dos inmensas obras shakesperianas, supongo que el Lear de Godard pertenece a otro género estético, cuando menos. Sin embargo, que las “películas” de Godard no sean películas, o sean una muy otra cosa, deja intacto el problema de fondo: ¿nos dicen algo tales obras? ¿y de qué hablan?

Sentada la paradoja esencial, florecen nuevos problemas. Entre el director de cine “auténtico” (A bout de souffle) y el autor de cosas más o menos cinematográficas (King Lear), Godard ha sido muchas otras cosas: ha sido director de cine “convencional”, militante, paródico, “metafísico”, bizantino, publicitario; que ha realizado cosas políticas (La chinoise ¿maoísta?.. ¡¡!!), publicitarias (Parisiense people), ciencia-ficción (Alphaville), ensayísticas (Histoire(s) du cinéma), cuando no se ha dejado llevar por el “diario íntimo” (JLG / JLG).

Esos tan distintos godards estaban ya presentes en el joven crítico de Cahiers du Cinema, desde los años 50 del año pasado. El teórico, el humorista, el agitador, el dinamitero, el ensayista, el filósofo, el propagandista, son algunos de los rostros de un mismo autor, que tiene muchos otros, animados, todos, por la misma angustia de fondo. El crítico de cine está insatisfecho con su obra: y decide filmar sus propias películas. El director de cine está insatisfecho con sus creaciones: y decide filmar la “cocinilla” cruel del trabajo de director.

Tan distintas tareas tienen siempre algo muy hondo en común: su pasión intacta por el Gran cine clásico. Dreyer, Mizoguchi, Jean-Pierre Melville, Fritz Lang, Rosellini, Samuel Fuller, incluso Woody Allen, entre un larguísimo etcétera. Godard es un hombre de cine alejandrino. Su otra, toda, en este caso, pudiera “leerse” como una interminable colección de citas cinematográficas, que nos hablan de sus pasiones estéticas íntimas y de su docta desesperación pedagógica, siempre ilustrada a través de otro incontable catálogo de citas literarias, musicales, artísticas y filosóficas, donde se confunden Heidegger, Kafka, Schiller, Mozart, Rilke, Brecht, Webern, Goethe, Pascal, Miguel Ángel, etc., etc., etc. ¿Tienen esos incontables pastiches “incomprensibles” algo que ver con el cine? La pregunta pudiera plantearse de otro modo: ¿es necesario que sea “cine” todo aquello que se hace con una cámara de cine, vídeo o fotografía? ¿Es un “crimen” hacer cosas que no son cine y presentarlas en salas oscuras convencionalmente consagradas al cine?

Exegeta incomparable de su propia obra, Godard ha concebido una instalación, forzosamente tediosa, ruinosa, incomprensible y absurda, Voyage(s) en utopie: una “tomadura de pelo” en el sentido estricto del término. 1200 metros cuadrados de señalizaciones de obras en construcción, caminos que no conducen a ninguna parte, trampas infantiles, espejos “incomunicantes”, senderos que se bifurcan sin destino conocido. El espectador “idiota” buscará un “sentido”: que la obra (en construcción) denuncia de manera paródica y brutal: Godard incluso se ha disputado con el comisario que intentaba dar “un sentido” a una instalación forzosamente absurda, para ilustrar sin engaños la tumba de ese (esos) viaje (s) a una utopía a todas luces difunta.

Godard exegeta de Godard toma el disfraz del “artista” curtido en otras disciplinas, que no le son del todo ajenas: el crítico de arte, el experto en agit-prop cultural, el antiguo dinamitero, denunciando todos la impostura de la casa de los muertos del “gran museo” confiriendo la escarapela del “gran arte” al “maestro”, sin duda difunto, tiempo ha. Debate, el de Godard, presentando su propia gran retrospectiva, a todas luces ajeno a las cosas, productos, incluso películas, que se distribuyen, compran, venden e incluso se contemplan en las salas de cine o los domicilios no siempre familiares. Pero ¿quién se atrevería a pensar que tales cuestiones son indisociables del atribulado destino del Gran arte de hoy y mañana..?

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Una temporada en el infierno. Literatura, poesía, arte, cine experimental.

2 Responses to “Godard, metafísica, ruina y resurrección del cine”

  1. Jose Says:

    El ”abrigo” o si uno prefiere, ”uniforme” del artista, no debe confundirse con un mero ”disfraz”. El ingenio siempre logra arroparse en el hecho de que las artes no son sino una, desde que son expresion directa de la naturaleza humana, de la que son parte.
    Si desde este principio, el arte ha de desligarse del tiempo, de la logica de lo no humano e incluso de lo que ”deberia ser” arte, es por que muy en el fondo somos asi, como muestra nuestro bien ganado libre albedrio para identificarnos o no con un artista.
    En cuanto al futuro, la intemporalidad del arte humano se cumplira dentro de la jurisdiccion de nuestra vigencia como grupo en evolucion, y no como individuos o siquiera como sociedad temporal.


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